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Densidad y un clasicismo tan sumamente aparatoso que parece faltarle aire para que los personajes respiren. Esa atmósfera, hay que reconocerlo, la ha conseguido.

No en vano, estamos hablando de un un perro viejo en estas lides. Aunque se podía haber decantado por una apuesta más arriesgada, Spielberg ha optado por una estricta clase de Historia de casi tres horas con momentos de gran cine, pero hilvanados con esos arrebatos de cursilería del director que, a pesar de todo, aquí parece más contenido que en otras ocasiones. El que sobresale sin ninguna duda es Daniel Day Lewis, que se empeña en no querer interpretar al Presidente…sino en ‘ser él’. Su interpretación es, como siempre, harina de otro costal.

Y bravo por esas escenas de dormitorio en la que descubrimos que la Primera Dama era una depresiva señora a la que le gustaba montar unos numeritos de campeonato.

Lo que no se entiende de ninguna manera es a qué viene esa obsesión casi enfermiza por querer emocionar a toda consta. 

‘Lincoln’, Steven Spielberg, 2012